miércoles, 9 de mayo de 2012

La Ciudad

Muy a menudo la gente suele pensar que la ciudad en la que viven es solo un amalgama de edificios, calles y farolas, pero se equivocan. La ciudad no son sus formas inmateriales sino sus propias gentes encerradas en sus calles y en sus apartamentos.
Dichas ciudades te pueden demostrar todo lo que necesitas: la belleza del ser humano y su propia perdición; los placeres hedonistas y sus virtudes beatas... pero todo ello se transmite entre las personas como si de un virus se tratara.

Posiblemente hayas contemplado a mil personas en una semana cualquiera, con sus propias vidas y problemas, pero nada de ello te haya tocado personalmente. Nuestra propia impersonalidad nos vuelve fríos y secos con los desconocidos a nuestro alrededor.
La mayoría es más que posible que no se merezcan nada aparte de un tiro en las tripas y una muerte dolorosa y agónica mientras se debaten en sujetar sus intestinos, aunque siempre hay algunas personas que te tocan el corazón y te hace sentir feliz por vivir en semejante sitio.

Una ciudad no son sus casas, son sus borrachos, sus vagabundos, su policia y sus políticos. Si en algún momento te planteas qué clase de sociedad es en la que vives lo único que tienes que hacer es comparar a los unos con los otros.

Yo vivo en un barrio bastante malo de una ciudad atestada de personas de toda clase. Conviví con rateros, yonkis e inmigrantes en mi juventud que me hicieron ver que las cosas no eran blancas o negras. Comprendí que un ladrón no es simplemente un villano o que un timador no era un sencillo charlatán. Quizá no haya sido el gobierno el que haya hecho que mi barrio sea malo, quizá hayan sido sus propias gentes, pero sea como sea sigue siendo mi barrio.


Solitario aquel que por la noche siente la ciudad en su esplendor.

Mi ciudad habla su propio idioma. Un idioma de delitos, miedo, picaresca, frivolidad y quizá algo de esperanza. Es un idioma que muy pocos saben escuchar y entender, pero cuando tu Ciudad te habla, debes escucharla.
Quizá no sea lo suficientemente sabio como para apreciar sus vicios y virtudes, pero soy lo suficientemente viejo como para saber que odio y quiero por partes iguales al sitio que me vió nacer.


Esta es mi Ciudad. No puedo escapar de ella y ella no puede escapar de mí.

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